1.
Escuchar Simple Things con una botella de vino tinto sobre una mesa de madera cruda, junto al mar o dentro de un bosque. Ahí sentado, con la luna giratoria como disco láser que reproduce una y otra vez Destiny, Distractions y Salt Water Sounds, y la botella que se renueva con la luna llena, como una marea roja que embriaga a la cabeza. Yo, en un sillón claro, en la orilla de un despeñadero que se desmorona con cada silencio innecesario. Obligatoriamente será de noche, porque el vino, la luna y ese disco compartido sólo saben bien cuando las aves ya están mudas y el sonido de pequeños bichos se reúne con la luz de los pulsares y los quasares. Definitivamente no estaré solo, porque estaré en el sur y ahí, como dijo Rafaela Carrá, hay que ir para enamorarse.
2.
Hacer un viaje persiguiendo el horizonte. Así conoceré Mallorca y me sentaré a comer mejillones mientras contemplo sobre las olas, un camino de luz por el cual caminar hasta toparme con el fin del mundo, allá donde el horizonte será la escenografía ideal para un cuadro de José María Velasco. Pondré una silla forrada de terciopelo morado y bordado con la filigrana que hacen las arañas en los días de llovizna. Y atestiguar en el último día del segundo mes del año bisiesto, el nacimiento de miles de hombres y mujeres que morirán de pura juventud.
3.
Despertar muy temprano, descorrer las cortinas e inaugurar la primavera con un cielo repleto de nubes: nubes en pantalones, nubes con guantes, nubes gordas y lloronas, nubes como lana acomodada en un cesto para ser hilvanada, nubes que se levanten la falda y enseñen los calzones, nubes hechizadas por una bruja que les impide volver a la tierra, nubes blancas, rosadas y naranjuelas. Barrer las nubes del césped para asomar las cabezas de las margaritas adormiladas y robar el sueño de los grillos. Después preparar una jarra de té de azahares o salvia y servirlo en las copas de los árboles, ponerle uno o dos octaedros de azúcar o cucharadas de la miel que las amigas abejas liban de los ojos de los jardines.
4.
Festejar mi cumpleaños a la luz de unos ojos, farolas amarillas que reproducen el encanto verde que me hace sentir en casa. Hacer un pastel de chocolate y avellanas, hornearlo en mi cuerpo y ponerle velitas multicolores. Cantar las mañanitas cuando el día esté más claro, y en ceremonia de cuerpo presente ponerle flores a mis años mozos, que Chabela Vargas venga de plañidera y desanude la llorona que tiene en su garganta. Abrir los brazos y recibirlos todos, de los hermanos, de los enemigos, de los muertos y los arrepentidos. Al final del festejo, cuando el último minuto se asome entre las agujas del reloj cu cú, darle la espalda a la noche, vestirme de canas y salir descalzo a la calle, para andar sin tropiezos y sentir cada piedra y cada charco.
5.
Hablar en secreto con las arañas y los gusanos de seda, para que borden un vestido de mayo para una señora que se dice mi madre y yo le creo, porque no hay nadie más que ofrezca su pecho para llorar tranquilo y luego odiarme por depender tanto de ese espacio, que es una poltrona hecha de retazos de luchas e hilos de plata. Hablar también con el céfiro de la tarde y la cefeida de la noche. Que en la hora del crepúsculo a mi madre le broten capullos de mariposas y botones de lirios, y de la noche caiga la nieve de los duraznos y los cerezos, y que adornen su pelo y le renueven el ánimo.
6.
Despertar al medio día con el sonido de la lluvia haciendo ¡shh! a todos los rumores del mundo, que en las ventanas cuelguen hilos con perlas de agua y en el aire navegue el olor del membrillo y el ocote. Así, mientras el sol se hace más naranja y se parte en dos, aunque ande oculto tras las bambalinas del cielo, que en el piso de los patios, en las avenidas y las azoteas aparezcan miles de espejos, de diferentes tamaños y formas. Seguramente los niños harán barquitos de papel y los pondrán a navegar en la superficie de las nubes; que como pájaros crucen sobre las cabezas de sus creadores, y así como Jesús le dio vida a un ave de arcilla, los infantes puedan darle vida a los papeles.
7.
Sembrar almendros en todas las calles de mi ciudad para hacerle la competencia a Cristo. Con la luna nueva, la gente saldrá a las plazas y Avenida Reforma, que los árboles den frutos y caigan como las piedritas que se arrojan a una ventana para llamar la atención discretamente. Una alfombra de almendras para la ciudad, para que los niños de la calle y los hombres de la calle y los perros de la calle tengan qué comer.
8.
Tener una larga conversación con mi padre, hablar de su corazón y sus válvulas artificiales, convidarnos palabras deliciosas y discutir la hermandad del vino que se nos hizo sangre.
Tener una larga conversación con mi madre, hablar de su corazón y su instinto de supervivencia, decirle las palabras más hermosas que he aprendido, como lapislázuli, hierbaluisa y filigrana, y que sus ojos grises se tiñan de lágrimas para luego llevarla a dormir.
Tener una larga conversación con mi hermana, hablar de su corazón que es gemelo del mío, enseñarle a conjugar el verbo “coincidir”, intercambiarnos las pérdidas y comentar las diferencias entre su sexo y el mío.
9.
Vivir en un país multicolor: que el azul se aprenda las diferencias de los pueblos indígenas y se tiña de índigo; que el amarillo no se confunda con un sol ficticio y pinte las paredes de las casas, pero no para enorgullecerse de su logro; que el verde deje de imitar el comportamiento de la paz y sólo se dedique a vivir en la copa de los árboles y la alfombra de los parques; que el rojo se ponga rojo de vergüenza y se vuelva rosa; que el morado ya no sea un disfraz y deje de pretender que un ser superior le concedió la condena y el juicio.
10.
Tener una casita de hule para que quepan todos los amigos cuando vayan de visita. Colgaré cuadros de Edward Hopper y alquilaré un disfraz de conejo para recibir a los invitados, les ofreceré galletas y frascos de colores para jugar a las maravillas de Alicia en el país de sus mentiras. Pondré también una alfombra que haré con los retazos de la ropa de los asistentes, luego haré las cortinas, el mantel y una cobija repleta de estrellas que colgaré en el techo.
En los primeros cinco días del décimo mes, quiero tener la oportunidad de celebrar con mis padres, mi hermana y mi sobrino, cocinar pescado, aromatizarlo con albahaca, hinojo, estragón y tomillo; después comprar un pastel de vainilla al que le pondré velitas, una por cada recuerdo que me haga sentir bonito.
11.
Que todos los bienes del mundo emerjan del subsuelo, que las aguas se lleven los restos de las ciudades y nos volvamos gigantes, de nuevo.
12.
Tomar mi corazón y exprimirlo entero, ya blanco lo cubriré de cera y le pintaré grecas. Seguro lo arrojaré a la nieve de un país extranjero y me rellenaré el pecho con el silencio de la noche blanca, será un patio de juegos donde varios niños harán una guerra de preguntas y se extraviarán en el laberíntico sistema vascular de mi organismo. Un beso sincero en cada ojo, para cada uno de los niños; una palabra de aliento y la melopeya que lleve de la mano a cada sonido. Que la noche se cierna como una nube de seda, las lámparas de mesa se enciendan y aquellos espacios, las esquinas, debajo de los muebles y en las grietas de las paredes, se asome la luna, curiosa, y se lleve lo que yace olvidado en la oscuridad de esos lugares. Fuego blanco para calcinar todos los deseos anteriores, después vendrá el fuego multicolor que habrá de llevarse el frío.